La gente descansa en la terraza del Café des Deux Moulins en el 15 Rue Lepic y yo me encuentro en esta eternidad al volante. La calle discurre recta como una flecha y no imagino mayor exaltación en este instante. Conducir en París es estar juntos sin necesidad de responder preguntas. Un milagro donde el único zumbido es el aire rozando mi piel.

Ponerse al volante es tener un pretexto para vivir y hacer únicamente lo establecido; pensar, mirar, conducir. Acelerar, frenar y seguir mirando las mil señales que la ciudad te enseña. Desde esta altura la vida de la mujeres se ve esplendorosa y las miradas se difuminan entre la velocidad y las gafas de sol, dejando pasar pensamientos de deseo y amor.

He intentado suicidarme demasiadas veces y me he pasado también demasiados meses en el URH con el Doctor Christian Shepard. He probado todos los medicamentos que las grandes farmacéuticas han tenido a bien inventar, he pasado terapias, he leído a Chopra, he destruido relaciones, me he autolesionado con rabia y he hecho todo lo que se me ha pasado por la cabeza para intentar detener este zumbido incansable y violento que me retumba en la cabeza. Todo ello resultado de las tres operaciones a las que tuve que someterme para intentar reparar el daño que me había causado el toro Roberto en la amígdala cerebral un día de San Fermin.

Desde que conduzco por París, ese zumbido se ha convertido al fin, milagrosamente, en un rumor lejano la mayor parte del tiempo que estoy respirando despierto. Solo deseo seguir conduciendo con mis manos ocupadas en el volante, sin la inteligencia artificial de los nuevos coches autónomos. Hoy, después de todo, imagino bajar de nuevo al atardecer a la Basílica de Notre Dame a escuchar una misa por Quino.

Escrito en Santa Barbara Beach & Golf Resort de Curaçao el día que muere Quino, el conejo de la familia. Un golpe largo con mi “drive” camufla en el cielo una lágrima en el “tee”.

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